Dinero, parejas, proposiciones, el mundo entero, esa casa, ese auto; solo necesito la fama. Esa hermana ramera del prestigio, pero, más difícil de conquistar…el prestigio, se gana con trabajo, no importa el talento, un artista, con trabajo duro, más tarde que temprano tendrá a su espalda al prestigio. La fama, sin embargo, hembra escurridiza. Amante de las excentricidades y los excesos. A la fama hay que honrarla, abastecerla…caprichosa como ella sola te pide todo, y si la quieres conservar le tienes que dar todo.
Triste el día en que el artista se agota de tanto darle a la fama. Agotado, sin ánimos de seguir complaciendola, preguntandose si vale la pena, necesita un refugio: lejos de las funciones, los amantes, los lujos, necesita volver a sentir que es un ser humano, y no el semi-dios que los demás ven a través del velo que a puesto esta maldita entre el artista y los otros.
Primero la fama ofrece un calmante, una droga que promete al artista viajar dentro de esta celda invisible de ella, que lo rodea a donde quiera que vaya. –Una dosis, un viaje, nada más…– promete. Pero uno se convierte en dos, dos en cuatro y se multiplican. El artista ahora tiene una esposa cruel y un carcelero, que lo golpea en solitario, hasta que un día lo mata. Así de cara es la fama.