Como una niebla, que quiebra los sentidos; el amor se disfraza de esperanza, desesperado por controlar a otro ser más, inquieto por hacer su labor: juntar. Pero es mezquino con las disculpas cuando se va. Solo queda uno, y desecho.
Apartado del éxtasis de la promesa de vivir con otro, el uno se desvanece en cuestionamientos: ¿por qué?, ¿cómo?, ¿dónde?, dos pueden responderlas, uno solo puede preguntar. El color ya no esta, solo queda ese cuarto negro y vacio, donde una pequeña luz que viene del alma ilumina; justo desde el centro del pecho, es tenue, esforzándose por brillar, pero, ya no hay más, solo queda lo esencial porque el otro ya no está.
Así que el reto es descubrir cómo continuar. Sea cual sea el precio, continuar. Y comienza la lucha, incansable por las razones, que no son pocas, y ninguna es suficiente. Como pez volviendo al agua, respira la amargura de la soledad.