Bajaba de la montana, con un traje negro de buzo, solo se veía libre su cara, con unas sandalias y un pequeño bolso de color marrón colgando en la mano izquierda. Se acercaba a un pequeño pueblo costero. Mientras se adentraba todos giraban a verlo, su hedor, no dejaba cabeza sin pararse a ver. Ojos con reproche se clavaban al cansado buzo. El prosiguió su marcha, debía llegar hasta una tiendecilla al fondo del recorrido de puestos… Se detuvo en la entrada, un cartel rezaba “Casa de empeño”. –¡Pasa!-- le gritó un hombre de barba abundante, robusto para su edad. –¿Qué me tienes hoy?-- –Perlas– contesto agotado, algo hastiado. –Zambullirse en la mierda es lo tuyo.-- – Eso creo.-- –Bien, 30 dólares…con suerte las venderé en 200. –Suerte.-- Así el buzo vendió su botín una vez más. Se retiró de la tienda como quien se alegra de haber terminado un trabajo duro, alegremente. Cruzó el pueblo con algunas miradas de alivio al ver que se retiraba. Subio la...